En Foque:
Lectura, escritura y redención 

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Una ofrenda está donde el padre de Daniel se suicidió en 1997. Después de su muerte, Daniel abandonó la escuela para cuidarse de los hijos de su hermana, quien trabajaba en los campos. (Las fotos por Josh Leighton)

Daniel Ramos, quien por tercera vez abandonó la escuela, sabía que podría triunfar si tan solo tuviese la oportunidad

Nota del editor: Este artículo es el segundo de una serie de tres partes acerca de la educación de los inmigrantes. Parte 1: "No me pueden vencer."

Mucho ha cambiado en aquella esquina donde Daniel Ramos vivió de niño. Los abetos han crecido altos y fuertes. La granja al atravezar la cerca de atrás está abandonada. La casita blanca la han demolido y en su lugar se encuentra una lápida dedicada al padre de Daniel.

Fue en este preciso lugar en un día lluvioso hace casi siete años cuando Daniel, quien acababa de cumplir 13 años, entró en la casita de un cuarto donde sus padres solian dormir y encontró a su padre de 42 años colgado de uno de los travesaños.

"Todo parecía extraño el día anterior," dice Daniel. "Fui a buscarlo. Mi hermano y yo caminábamos hacia la choza y ahí estaba. Yo era tan chico y apenas sabía lo que pasaba."

Dos semanas antes, su padre, primero jinete y luego entrenador de caballos, había inscrito a su potranca de 4 años, Summer Mission en una carrera de 16 furlong en Retama Park. Ganó el primer lugar. La familia pagó el funeral con las ganancias.

Con el padre muerto, Mary Jane, la madre de Daniel y Marina, la hermana mayor, tuvieron que trabajar en los campos de Poteet recogiendo fresas y cacahuates para ayudar a mantener a la familia. Marina dejo a sus dos hijos, de uno y dos años de edad, al cuidado de Daniel. En lugar de aprender porcentajes y como tocar el baritone en la banda de la secundaria, donde ganó premios por ser el "más confiable", Daniel cambiaba pañales. En las vacaciones de fin de semestre, Daniel abandonó la escuela por primera vez; estaba en el séptimo grado.

Traducción por Claudia Cary
"Me encantaba la escuela, pero nunca tuve una vida de adolecente," él dice. Nunca iba al cine ni tampoco tenía coche. Tenía que ir a casa a ayudar con los niños. Me convertí en un papá joven. No sabía como cuidar niños a esa edad, pero me acostumbré."

Gracias al programa de equivalencia a preparatoria que ofrece Palo Alto College para trabajadores inmigrantes y sus hijos, Daniel acaba de recibir su GED y con esto le da sentido a tan alarmantes estadísticas: De acuerdo a un estudio dirigido por el Departamento de Educación de los Estados Unidos llamado Migrant Attrition Project Study (Estudio del Proyecto de Extenuación Inmigrante) los hijos de trabajadores inmigrantes tienen tan solo un 40 por ciento de probabilidad de entrar al noveno grado comparado con un 96 por ciento de estudiantes no inmigrantes. Solo 11 por ciento de estudiantes inmigrantes llegan al último grado de preparatoria, mientras que el 80 por ciento de los no inmigrantes si lo logran.

Gracias a la buena fortuna, a un buen ambiente escolar o a la intervención de un mentor, algunos de los hijos de familias inmigrantes superan los obstáculos endémicos de la vida de los trabajadores del campo. Pero, para muchas familias poco ha cambiado: Enfermedad o muerte, la naturaleza transitoria del trabajo o un sistema escolar escaso de recursos para lidiar con las necesidades de los niños inmigrantes puede facilmente descarrilar sus mayores esfuerzos.

Albert Bustamante, ex-juez del condado de Bexar y miembro demócrata del Congreso vino de una familia de trabajadores inmigrantes. "Mala paga. Largas horas. Calor extenuante. Falta de trabajos. Falta de vivienda," dijo describiendo su vida en el libro, Fields of Toil: A Migrant Family's Journey. "Eso era entonces, pero esto es ahora. Mala paga. Largas horas. Calor extenuante. Falta de trabajos. Falta de vivienda."

Estas condiciones han acosado a la familia de Daniel por generaciones. Pero con su GED, Daniel esta decidido a no trabajar en el campo. Esta decidido a ser el último de la familia Ramos que abandona la escuela. Está decidido a romper el ciclo.

Daniel, con sus cambios de color de pelo de rojo oscuro a anaranjado fluorecente a azul de medianoche dependiendo en su estado de humor, se pasea por el terreno donde su abuela y varios tíos y tías habitan una casita modesta en la calle Pleasanton. Acaban de cortar el pasto, catorce calcetines blancos cuelgan del tendedero, atrás de la casa se encuentran los matorrales donde los burros y cabras solían pastar. "Mi padre plantó estos árboles para mi abuela," dijo señalando el abeto de 10 pies de altura. "Yo brincaba este árbol y ahora es más grande que yo."

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Daniel y su abuela, Mariana (Las fotos por Josh Leighton)
Dice la mamá de Daniel que él es como su padre: callado y de nada se queja. El más chico de cuatro, Daniel pasó su niñez viviendo como las familias de la Depresión, con la excepción que él creció en los años 80 y principios de los 90. De niño, Daniel acompañaba a sus padres al campo y jugaba cerca de ahí, al igual que su madre, Mary Jane de 46 años de edad, solía hacer con sus padres cuando era niña. El trabajo del campo pagaba mal y siete personas se apilaban en una casita rentada de dos recamaras que, hasta el año 1992, no tenía agua corriente ni plomería adentro de la casa. La familia se bañaba con cubetas de 5 galones de agua que el abuelo acarreaba desde una escuela cercana. No tenían aire acondicionado. A menudo la familia hacía una sola comida con fideo y frijoles. Daniel nunca ha tenido una cama.

Después de salirse de la secundaria, Daniel regresó por fin a la preparatoria Southside High School comenzando el primer año de preparatoria mientras en ocasiones seguía cuidando a los niños de Marina. "Me gustaba la escuela, pero en ese momento no era un reto para mi," dice Daniel. Dejó la escuela otra vez y buscó trabajitos como en los puestos de fuegos artificiales, tiendas misceláneas y en la florería de su hermana.

De nuevo intentó regresar a la escuela, esta vez a McCollum High en el distrito escolar Harlandale porque como el dice el distrito escolar Southside ISD rehusó aceptarlo ya que había dejado la escuela dos veces anteriormente.

Una educación interrumpida frecuentemente ocaciona que los niños inmigrantes repitan el año porque perdieron clases, les faltan créditos o porque sus papeles se pierden en transito de una escuela a otra. El proyecto Migrant Attrition Project calcula que 45 por ciento de los niños inmigrantes están atrasados de año; 18 por ciento entran con más de dos años de atraso. El porcentaje de niños inmigrantes que dejan la escuela antes de terminar es aproximadamente del 45 al 65 por ciento.

El octubre pasado, a la edad de 19, Daniel, ya en su segundo año de preparatoria, estaba en desacuerdo con la administración de la escuela pues como él dice "me dijeron que me fuera a otra parte." Así que Daniel dejó la escuela una tercera vez y pasó los siguientes nueve meses saliendo todas las noches, "pasandola con malas compañías," y "siempre faltando a casa."

Finalmente se cansó de la fiesta. "Mis hermanas y hermanos hicieron lo mismo y yo vi lo que pasó. Yo no quería que me pasara lo mismo. Yo quiero llegar a ser alguien."

En junio, un director de Palo Alto College lo visitó en casa de su hermana Marina, donde vivía con ella y sus seis hijos; los niños más grandes asisten a una escuela que ofrece un programa educativo para inmigrantes en el distrito escolar Southside ISD.

"He visto a mi familia soporta muchas luchas, y quiero rebelarme contra ellas."
Unas semanas después fue a Palo Alto para inscribirse en el programa de GED para inmigrantes. "Estaba nervioso, pero tomé un examen de práctica y dicen que pasé de maravilla."

En los últimos dos meses, Daniel se ha pasado de 10 a 12 horas al día en la escuela, llegando antes de que abran y quedándose hasta las 5 ó 6 de la tarde, estudiando, leyendo, aprovechando todo lo que ha perdido.

"Aquí me encanta," dice Daniel. "Estoy tan agradecido. Nunca pensé que conocería gente como esta; hay mucha gente buena onda que realmente se preocupa."

En julio, tomó los cinco exámenes del GED. El 4 de agosto, le dieron los resultados. Pasó todos sus exámenes. Después de tan solo seis semanas de clases, Daniel recibió su GED.

En una noche reciente en el mes de julio, Daniel, su mamá, su abuela y dos de sus tías se sentaron alrededor de la mesa recordando el pasado y hablando del futuro de Daniel.

Mary Jane Ramos, la madre de Daniel, viene de varias generaciones de trabajadores del campo. Su madre no hablaba inglés; su padre, solo un poco. De niña, jugaba en los campos mientras sus otros hermanos, Lupe, Jesse, Bea, Joe y Enrique recogían algodón.

Mary Jane y David Ramos tuvieron cuatro hijos: Marina, que ahora tiene siete hijos; Alicia, quien tiene uno; David con tres; y Daniel. Nunguno se graduó de la preparatoria, aunque Marina si sacó su GED. Mary Jane abandonó la escuela en el onceavo grado; nunca aprendió a leer.

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"Espero que mis hijos sepan lo que yo no supe," dice Mary Jane. "La gente se burlaba de mí porque no tenía dinero y no sabía leer. Espero que mis hijos sepan que no tienen que sentir pena ni sentirse avergonzados."

El resto de la familia, muchos de los cuales se amontonan en pequeñas casas o en terrenos circunvecinos, les ayudaban de vez en cuando cooperando con dinero para medicina, prestándoles el carro para llevar a Daniel al hospital y compartiendo luz.

"Vivimos en una casita vieja junto a esta," cuenta Mary Jane. "La renta era de $25 dólares al mes y no podía pagarla. Cuando cortaron la luz porque no pude pagar la cuenta, mi padre pasó una extensión de luz de su casa a la nuestra."

La tía de Daniel, Sylvia Medrano, maestra de escuela y entrenadora, también lo ha tomado bajo su ala llevandolo con ellos a pasar vacaciones familiares y animándolo a sacar su GED. "Lo he tratado como a mi propio hijo. Quiero que siga siendo como es: Cuidándose a sí mismo. Que termine su educación. Que se mantenga sano. Y que se acuerde de donde viene."

Con su GED, Daniel piensa entrar al colegio comunitario para sacar una carrera en radio y televisión. En ocasiones, sigue ayudándole a Marina a cuidar a sus hijos y ayuda a su madre quien se encuentra inhabilitada.

"He querido hacer esto por mucho tiempo; ahora sé que lo estoy haciendo," dice Daniel. "Estoy interesado en muchas cosas. Estoy decidido a hacer algo de mí mismo. Quiero ver si puedo ayudara a mantener a mis hermanas y a mi mamá. He visto a mi familia pasar momentos muy difíciles y quiero revelarme en contra de eso." •

Por Lisa Sorg


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