EL FULGOR DEL VERANO 

Con el verano llegan no solamente los largos y luminosos días que llaman a la aventura, el descanso y la grata somnolencia del ensueño: vienen también entre sus cálidos aires y largos atardeceres las imágenes nostálgicas de una edad dorada de vacaciones interminables en el mundo perfecto de la infancia y en el no tan perfecto, pero incluso más fascinante y desmedido, mundo de la adolescencia y la primera juventud. Más que la primavera, con su simbólico carácter de resurrección y renovada vitalidad procreadora, es el verano el que realmente vibra con las tremendas tensiones deliciosas de la juventud y su complejo ritual renovador de vida. Por millares, niños y niñas, muchachos y muchachas enardecen la plenitud de los días estivales con su presencia ubicua -inconcebible en los meses de encierros escolares - y sus actividades de abismal aburrimiento o sorprendente ingenio. Habitan el verano con la intensidad de lo que se siente y sabe irrepetible.

Año tras año vuelve el verano y con él vuelve la siempre idéntica ilusión con que la vida impulsa a la nueva vida, ciega de deseos, atarantada por quemarse en el fulgor de la aventura de existir. Año tras año la juventud de siempre - eterna en el continuo repetirse de las generaciones - se apodera del verano y lo consume. Arde en el calor del aire la combustión de la experiencia nueva, la hoguera incontrolable en que se quema, al fin, la edad de la inocencia: la pálida luz que cede al sol de estío. Como un fénix de la ancestral mitología humana, de las brasas de su propio fuego nace la nueva juventud. Y abre las alas. Renace en ella la indomable voluntad de la vida.

Es el proceso natural, el ritmo universal del que la especie - la ilusa y prepotente especie humana - participa. Llega el verano y la tribu juvenil, como siguiendo una consigna, se abalanza sobre el mundo - detenido el tiempo en su premura - lo reinventa y, sin pensarlo, sin darse cuenta siquiera de lo que hace, repite con la litúrgica exactitud de cien generaciones el rito iniciático que ni la más sofisticada cultura puede obviar. El verano impone su ley, la juventud la cumple. No hay adolescente que no ensueñe iluso en un momento en aparente catatonia crónica y que no actúe, de repente, desbocado cuando el tiempo atemporal del verano lo revuelve todo, todo lo acelera o lo detiene. No hay familia que pueda sustraerse a estos efectos de un tiempo a la vez lento y fugaz, el de esta temporada de laxitud y energía. No hay sociedad que pueda evadir la imposición de ensueño, libertad, aventura, vitalidad y deseo con que el verano confunde y encandila a sus menores.

Es la temporada de la vitalidad juvenil. Tiempo de inauguraciones, de energías, de grandes abrazos y solemnes ademanes. Continuidad de la primavera, que es tiempo de nacer, el verano exalta la vida en plenitud, el cuerpo elástico de ágil espíritu encendido, la promesa ya casi cumplida de esa madurez que la culmina. Pero es también tiempo de terribles consecuencias. Porque cuando la enegía de la juventud alcanza el furgor máximo de su vitalidad, sucede - con invariable fatalidad - lo inevitable: el trágico sucesol, el accidente, el crímen, el error irreparable, la inconcebible muerte. En su propia luz la juventud - toda deseo y energía - se encadila y, ciega de sí misma, se consume en la violencia de su vital torbellino. En el propio ritual de asumir la vida en pleno se hace presente la triufadora, la que entre la yerba se esconde enroscada en un signo de infinito. Trae el verano la exaltación dichosa de la juventud y con ella vienen también sus trágicas consecuencias. •


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