LA DURA REALIDAD DE LA DICTADURA 

Casi no hay pueblo americano que se salve de la experiencia ingrata y devastadora de ilusiones que una dictadura impone. Basta una sola en la historia de un país -y los hay que han tenido varias - para marcarlo para siempre con el signo candente de la amargura, el odio, el temor siempre terrible a la injusticia institucionalizada, la cicatriz atroz de la desconfianza y - peor que todo - la certeza de unos cuantos en el poder absoluto de la violencia.

Con la experiencia de la dictadura a flor de piel, con el hondo conocimiento de tanto gobierno arrasado por la violencia de la fuerza bruta y el duro dictum del omnipotente, los ciudadanos de las Américas saben -¡cuánto saben algunos! - de las fuerzas escondidas, los motivos engañosos, las justificaciones inverosímiles, los objetivos mezquinos que sustentan todo poder dictatorial. Es triste tener que recordar que muchas de esas dictaduras continentales - las mismas que han dado tanto que despreciar a quienes se sienten moralmente por encima de las bajezas que las promueven - han tenido comienzo y apoyo continuado en las mismas salas donde se las critica y desprecia. Quienes han sustentado el poder dictatorial no siempre han sido tan omnipotentes como aparecen ante sus compatriotas y enemigos. Los motivos confusos, los modos violentos, los recovecos de la mentira, los insultos de la amenaza y las veleidades de la ambición que los han llevado a un poder relativo y condicionado no son más que artimañas de una política del engaño.

No hay que buscar muy a fondo en los anales de las guerras, invasiones e intervenciones militares para entender que detrás de toda consigna de autoridad indiscutible se enrosca la víbora del miedo o la morbosa prepotencia del que se imagina todopoderoso. Nunca la figura desaforada del dictador llega sin apoyo de otros a su sitial de cabecilla, nunca perdura en él por sí misma, y nunca se derrumba sola. Por único que el dictador parezca, no es más que la cabeza de un cuerpo mayor - mucho mayor - de complicados órganos, turbias funciones y miembros de ubicuas propiedades. Es siempre, en esencia, el mismo monstruo, redivivo en múltiples manifestaciones - aquí o allá, ayer y ahora - el mismo insidioso basilisco que al perder la cabeza no siempre muere.

Sabedores de lo que en toda dictadura se esconde, los pueblos americanos debieran desconfiar de una solución a la fuerza. No siempre ha dado buen resultado la violencia. Mal que les pese a quienes la suponen necesaria por inevitable, es mala consejera política y, las más de las veces, un torpe e insidioso argumento a favor de la democracia. Por eso mismo ni México ni Chile, países representados en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, han podido estar incondicionalmente de acuerdo con las propuestas de acción bélica en Irak. La situación en el Medio Oriente es tanto más compleja de lo que se nos deja entrever en la noticia y malamente podemos juzgar con certeza las motivaciones de unos y otros. En nuestra incompleta estimación de las fuerzas en conflicto no podemos, habida la experiencia de tanta intervención militar en las naciones americanas, dejar de ser cautos y no poner en duda los argumentos -cambiantes según soplen las ventoleras de la diplomacia- con que se defienden propuestas violentas contra una dictadura que fue dictada en la violencia. Queda claro, desafortunadamente, que a estas alturas, se decida lo que se decida, desde una u otra posición, las consecuencias serán, para todos, igualmente odiosas y negativas. •

Editor's note: Each month the Current runs a Spanish column by UTSA professor Santiago Daydi-Tolson. For those who prefer to read the column in English click on this link "The Harsh Reality Of Dictatorship", or go to "First Person."


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