LA NUEVA TORRE DE BABEL 

Esencia y fundamento de toda lengua es darse a entender y entender al prójimo en el acuerdo de una común visión del mundo, de un nombrarlo en signos arbitrarios que lo conforman y definen de una manera peculiar: la propia. La ausencia de una palabra común genera entre las gentes la incomprensión, la duda, la incertidumbre y la desconfianza. Así, apenas los ambiciosos constructores de la torre fabulosa -- seres humanos, al fin y al cabo - dejaron de tener una lengua común con qué entenderse, se enfrentaron al malentendido y la disputa; los confundió la ineficacia de la palabra incomprensible. El gran proyecto, ese símbolo desaforado de la máxima aspiración humana - el saber absoluto - quedó en nada: obra gruesa y andamios que fueron pronto ruina, desecho evocador de un sueño vuelto imposible.

Castigo divino o no, las lenguas de los pueblos - tantas y tan bellas todas, cada una a su manera - han sido siempre, desde su enigmático inicio, signo de identidad cultural distintiva e inviolable y, por lo mismo, motivo de enfrentamientos ciegos y violencia. Hablar diferente es serlo. Es pertenecer a un mundo ajeno del que los demás no saben nada y se imaginan enemigo y terrible. Mundo del que no se puede confiar porque se nombra y define incomprensiblemente. En el signo indecifrable de la palabra extranjera se hace evidente lo indescifrable del otro, el desconocido, el de afuera. En su parla incoherente resuena su esencial diferencia, su peligrosa pertenencia a otro clan, otra raza, otra forma de entender la ralidad y su misterio.

De ahí la necesidad que muchos tienen de imponer la única lengua posible: la propia. La sola palabra con que se puede expresar la simple y única verdad. Sordos a la voz del otro hacen de éste - en su rechazo - un mudo, un incapaz de darse a conocer más allá de las absurdas gesticulaciones del que desesperadamente trata de comunicarse. Desesperadamente han gesticulado en nuestra historia infinidad de manos. Innumerables rostros han figurado y figuran todavía las muecas del silencio incomprendido. Uno tras otro los idiomas ancestrales - de aquí como de allá - se han ido abatiendo lentamente en el silencio para alcanzar en cambio la voz común de la nueva lengua adoptada. La que hablamos todos, lengua nacional que, sin ser la oficial, actúa como tal por obvias razones de historia, tradición y número de hablantes.

Muchos han sido los idiomas y dialectos que con el tiempo han enmudecido entre nosotros. Muchos los que todavía irán transformándose en ese hablar de los más, el impuesto por las circunstancias y la costumbre. Es el proyecto colectivo y su cabal cumplimiento en diálogo constante el que demanda esta lengua en que todos, desde diversas tradiciones coinciden en el proponer y discutir los posibles mundos del futuro.

Hay otra lengua que a diferencia de las más, no ha sucumbido ante el impulso avasallador de la que entre nosotros predomina. Como ésta, se ha reforzado también en el dominio de otras lenguas y, avasallando a su manera, idioma de millones y de larga historia, va proponiendo con creciente convicción en sí misma y sus visiones, una expresión paralela, una voz complementaria que bien podría llegar a ser en un futuro. Dualidad de mensajes que, a diferencia de lo sucedido en la bíblica historia de la torre abandonada, no ha de llevar a la confusión del malentendido ni a la disputa de la desconfianza mutua. Por el contrario, entrelazadas en el diálogo del auténtico intercambio, el inglés y el español habrán de cumplir juntas el proyecto audaz de la nueva torre de Babel, la que definitivamente alcanzará esta vez las máximas alturas. •


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