NO HAY NADA NUEVO 

En estos días de invasión violenta, justificada a medias, a medias invocada desde pedestales enclenques de imprecisas superioridades culturales y éticas, vacila una vez más toda esperanza en un futuro diferente para este mundo cada vez más pequeño y más dolido de urgentes necesidades. Los atávicos tambores de la batalla a muerte resuenan en el mundo entero, enervando a todos y tensando hasta en los más pacíficos los nervios de la ira. Lo que se pudo suponer improbable ha sucedido y, como en las tragedias clásicas de siempre, ya no hay vuelta atrás. No hay tampoco remordimiento alguno. Una vez más ha triunfado la violencia. Una vez más de tantas con que el tiempo enseña la desesperanza. Impertérrita, la historia escribe con la espada otra página de triunfo y otras de derrota.

Para quienes no esperaban lo peor, lo más duro ahora sea, tal vez, tener que admitir que no hay nada de nuevo en todo esto; nada de nuevo en lo que ha de seguir. Habrá de pensarse, entonces, en la efectividad del impulso innato, incontrolable, a la intimidación y el golpe. Se vuelve inútil ante la evidencia todo esfuerzo - de los pocos ilusos - por controlar, no ya erradicar del todo, un instinto que los más han glorificado desde antiguo en el ditirambo, la medalla, el monumento ilustre, incluso el arte. Llenos están nuestros museos de imágenes que exaltan en la perfección del artificio las artes de la guerra. Rebosan nuestras bibliotecas de cantares épicos e historias de sangre y fuego. Resuenan los himnos de victoria en nuestras catedrales y odeones. Fulguran en nuestras cotidianas y domésticas pantallas de televisión las epopeyas furibundas del asalto y el insulto, las glorias vulgares de la matonería y el desenfado del crímen que entretiene.

Así, la luminosa imagen cinemática y su universal encanto hacen hoy de la acción violenta motivo diario de admirada fascinación. Discútase lo que se discuta del peligro que presentan para nuestros niños - y por qué no también para los adultos - los innumerables programas de envanecida violencia en la televisión y el cine, cuentan éstos con la amplia aprobación del público, ávido por instinto de toda forma de brusquedad y daño. Sirven magníficamente estas hipnóticas imágenes a perpetuar la prepotencia de la superioridad física y el descaro de las vanaglorias triunfales. La violencia es tan del gusto general, tan aceptada y venerada por la mayoría que cuesta imaginar, mucho más aun ilusionar, una realidad diferente, sin los alaridos de la amenaza y la victoria a toda costa.

Sentados frente a la televisión familiar, con un refresco a mano, niños y adultos tienen frente a frente en estos días de guerra la prueba más cruda de lo que la imagen brutal hábilmente repetida logra: una sociedad enardecida de su propia capacidad para la violencia. Idealizada en la magia desrealizadora de la pantalla iluminada de colores la acción más destructiva se transforma en la ciega, despiadada convicción entusiasta de que no hay mejor manifestación de la razón que la fuerza. No hemos dejado todavía el reino del terror y, a pesar de lo que se predique al contrario sin verdadera convicción, nos rige aún - con la autoridad que otorga el brazo en alto, bien armado - la proverbial ley inmutable del ojo por el ojo y el diente por el diente. La televisión no hace más que reafimar en sus imágenes parciales de la guerra - esfumada realidad de fugaces instantes de irracional acción entre persistentes e inanes anuncios comerciales - la dudosa virtud de estar siempre en la razón, le cueste al otro lo que le cueste. •


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